
Nacía la cofradía como una primavera temprana. Dándole a las calles recursos para la felicidad. Olía a incienso y cera y desde el dintel de la puerta se mezclaba con el último impulso de los azahares. Poco a poco aquella serpiente sacra fue alcanzando los adoquines. El murmullo fue callando cuando los guardabrisas asomaban por las puertas. Muy despacio el paso volvió a la calle. La mente traía recuerdos y peticiones muy bajitas; en ese tono en el que se hacen las oraciones. Te vi alejarte. No sólo te fotografié. Yo también usé ese tono. El de la oración.
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