Que ingrata es la vida. Dios le da pan al que no tiene dientes. Son dos frases aplicables a ese instante en el que nos dimos la vuelta adentradonos en un rinconcillo del ídem y allí estaba. Media de caldereta, media pavía y media tortilla. Una lágrima circundó mi cara no había derecho. Tanto primor gastronómico desechado por alguien que no sabía lo que hacía. Dar las gracias al sorprendido camarero que nos quitó la horrorosa visión de una naturaleza muerta. Yo dejo eso y no me hablo en un mes, mínimo.
jueves, 25 de septiembre de 2008
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3 comentarios:
Quillo, revisa tb las entradas antiguas, que en la denominada "PISTA III" te dejé una pregunta que no me has contestado. Saludos, el historiador
Será muerta pero menuda vida nos ha dado
Ja, ja, ja...qué buena entrada. ¡¡¡Y qué penita más grande de comida!!!
Un saludo.
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