jueves, 14 de junio de 2018

El día que colgué la cámara...


Coria se preparaba para los toros de San Juan. En el Convento Madre de Dios, olía a anis y a almendra en el torno del Cenobio.
- Ave María Purísima.
- Madre queremos visitar el Claustro.
Lola me dijo en voz baja, "no se puede fotografiar". Guardé la cámara para evitar malas tentaciones. Nos abrió una monja septuagenaria, con esa sonrisa de la bondad propia que dan las clausuras. Supongo que como en todos los colectivos con la edad los defectos y las bondades se aumentan.
Poco a poco la hermana Carmen fue desgranando las bondades de aquel Claustro que se comenzó a realizar en el siglo XIII, con un pavimento mudejar hecho de piedras y argamasa, construyendo formas que representaban figuras del cristianismo.
Aquellos arcos irregulares y su voz pausada, nos condujeron a Lola y a mi en una llamativa experiencia. Si pasan por Coria, no se pierdan la visita, ni las perrunillas, aunque no esté permitido usar la cámara.

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Hasta siempre Capataz.

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